
Un traguito de agua y todo listo. La pastilla tarda poco en hacer efecto. Aún sentado, el mareo hace mella y obliga a acercarse entre tambaleos a la cama. Hace frío, así que las mantas cubren el cuerpo. A pesar del mareo, a pesar de que todo da vueltas, parece que el sueño no acaba de llegar. Comienzan a sonar acordes de guitarra. Suenan a flamenco, mientras que un canto profundo va surgiendo como de la nada. Es un cante sentido, profundo, lleno de dolor. La curiosidad hace levantarse y acercarse a la ventana. Y allí está él, el sex symbol de la década de los 80. Morro con forma de croissant, cuerpo peludito, sus manos rasgan las cuerdas de la guitarra con cariño, casi como el que acaricia a un ser querido. Su voz, profunda, emite un lastimoso gemido lleno de dolor.
Allí, en el alféizar de la ventana, Alf despliega durante toda la noche un recital privado para un servidor. Y todo gracias al tetrazepam.
Allí, en el alféizar de la ventana, Alf despliega durante toda la noche un recital privado para un servidor. Y todo gracias al tetrazepam.

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